Ella, entraba airosa mirando rostros hacia las nubes de su imaginación, siempre hablabla de sus hijos, presumía con sus ojos inquisidores y con su pelo blanco casi deshilvanado muriendo en el orgullo de su sombra, logrando ahogarse en suspiros que colmaban la razón de todos. Poblada inexistencia colmada de rocío la que habitaba en ella, en su color griego, en su alma tieza que me punteo un día llena de caracolas y alforzas para enseñarme tal cual era en su prosa que debía llevar mi cara untada de colores, de lápices carmelita, de brillos rosas incitantes a besar... ella sería todavía la abuela de nadie, a pesar de su pelo, a pesar de su tranca gestosa, a pesar de sus manos pecosas que temblaban al indicar. Me contó su fábula amorosa y la pasión que archivaba en su alma estrepitosamente en las lagunas de su archipielago sentimental todo para entusiasmarme a emprender un viajes al fin del mundo por amor.
Regreso
Han venido a morir aquí las palabras, las horas de cama, los momentos en que un holograma frío que te proyecta sobre la cama, frente a la tele se sucede una y otra vez.
Comentarios
Volvía al crepúsculo, al atardecer y a esas noches frias de invierno en la casa de la colina con su universo de nieves, sus matices degradandose en el platinado de la luna.
Volvía con su añil apagado y su guitarra de besos y un alma serena con quién compartir el vino y ver la sierra
Y volvía como Budha sobre polvora despertando el ensueño en las cejas, en las eñes cartesianas que dividian su pecho
Volvía llena de rocío como la mañana conjugando verbos pintando silabas enmarañando el azúl de su mirada
Volvía a veces vacía buscando condiciones inhóspitas, diciendo por que si un canto desde dentro
Volvía, sólo volvía porque sabía que dentro de esa quimera con cabeza de león llovían corazones llenos de luz
Volvía y llegaba con una voz gritando desde dentro de si y unas manos que soñaban escribir
Volvía sin pensar lo que pensaba si iría ya que detro de esos círculos circundaba un porvenir
Volvía como cada día con el sol en su mirada y unas bocinas diminutas que cantaban al oído cosas que venían del corazón
Volvía y yo la oía raspillarse el alma para pintarse de amor.